lunes, 11 de diciembre de 2017

Monseñor Miguel Antonio Salas: UN HOMBRE DE DIOS EN EL SUR DE MÉRIDA

Monseñor Salas



En junio de 1982 me correspondió dar la bienvenida a la Visita Pastoral que entonces emprendía por la región Monseñor Miguel Antonio Salas. Inolvidable fue esa estampa patriarcal desde su entrada a Mucutuy, saludando benévolo y deteniéndose sin perder la compostura a los lugareños que se acercaban a su paso. 


Guardé su imagen en alta estima, intimidado por una proverbial sencillez, distintiva en su indeleble cadencia de montañés nacido en La Grita tachirense. Había llegado a Mérida procedente de Calabozo, tierra guariqueña a la que sirvió desde 1961 hasta 1979 cuando recibe la Arquidiócesis de Mérida. 

El suyo fue un pontificado de realizaciones espirituales con relevancia en la obra del Seminario Mayor, al que revitalizó en condición de Formador Eudista, instituyó la Televisora Andina de Mérida (TAM) y vigorizó El Vigilante (Periódico Regional)  con aportes de vanguardia periodística. 

Su preocupación mayor estuvo en los pueblos interioranos, dedicación que se hizo mayor disfrute personal por hallarse entre los suyos con naturalidad. Mirar de cerca la naciente sementera, admirar el tempranero ordeño del labriego, dar la ojeada al escuelero de la aldea que partía presuroso a la primera clase eran las visiones que rememoraba porque le transportaban en la nostalgia a su natal aldea La Pradera de La Grita.  

Quizá ello fue determinante cuando al recorrer por vez primera las comunidades del sur merideño palpó de cerca el abandono de su gente, sometida por años al aislamiento e incomunicación y que los presupuestos del Estado les había relegado al desesperante ostracismo; condenados a la incuria ante sus más apremiantes necesidades. Monseñor Salas se percató que el apartamiento de las bondades del Estado hacia el sur de Mérida condicionaba su desarrollo y se propuso instar al poder político para que la situación cambiara en bien de esta gente

En la Asamblea Legislativa abogó con fuerza para que las apartadas regiones, que vivían el retraso despiadado de la dejadez, fueran reconocidas como entidades con holgura económica y así, Santa María de Caparo y Aricagua recibieron investidura Municipal, los que los colocó a resguardo de presupuesto y autonomía que en el tiempo motivó el avance, progreso y desarrollo. 

A Monseñor Salas se debe esta diligencia y esfuerzo, traducido en la nueva cara que estos pueblos exhiben como punto referente de su impulso socioeconómico. El 6 de agosto de 2005 se le dio nombre a la principal arteria vial de arribo a Aricagua y se erigió un pequeño busto memorativo que el año pasado, el Alcalde Emiro Lobo le hizo un agregado de conjunto escultórico encargado al artista granadino Jorge Payares, pues se rehízo el busto con mayor dimensión y se acondicionó el espacio con el nombre de Altar del Obispo, en honra al gran hacedor del Municipio. 

Hace apenas una semana participamos de la refrenda aricaguense de este meritorio acto de gratitud desde el sur de Mérida a quien pronto será elevado a los altares. 


Autor: Ramón Sosa Pérez
Ramonsosaperez@yahoo.es

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