martes, 1 de marzo de 2016

Domingo 4 de Cuaresma. El domingo del Hijo Pródigo


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DOMINGO 4 DE CUARESMA

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El mejor retrato de Dios: la parábola del hijo pródigo

En las etapas de la historia de la salvación que seguimos en la 1ra lectura de los domingos, llegamos hoy a la primera Pascua que pudieron celebrar, gozosamente, los israelitas en su entrada a la tierra prometida, después de tantos años de peregrinación por el desierto. Pero la característica principal del domingo 4o de Cuaresma, este año, es la parábola del hijo pródigo, en que Cristo retrata de un modo entrañable la figura de Dios y el camino de ida y vuelta de los pecadores para encontrarse, por fin, con la misericordia infinita del Padre. Vale la pena proclamar con énfasis, serenamente, esta página de Lucas a la que se ha llamado "el corazón del evangelio".


Josué 5,9a. 10-12. El pueblo de Dios celebra la Pascua, después de entrar en la tierra prometida

Josué es quien tomó el relevo de Moisés en la guía del pueblo en su entrada a la tierra prometida de Canaán, y el que por tanto presidió la primera Pascua que en aquella ocasión solemnemente celebró el pueblo.

Se terminó la época del desierto, o sea, de la peregrinación constante: aquel día "cesó el maná", que era el alimento provisional, y pudieron ya comer de la cosecha de la nueva tierra. Fue un momento muy significativo de la historia de este pueblo, como conclusión del éxodo que había comenzado en la salida de Egipto hacía cuarenta años.

Los sentimientos de alegría y alabanza del salmo responsorial son explicables, porque han experimentado la ayuda de Dios: "gustad y ved qué bueno es el Señor". Una vez más se ha cumplido que "si el afligido invoca al Señor, éllo escucha y lo salva de sus angustias".


2 Corintios 5,17-21. Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo

La página de Pablo es un canto entusiasta a la reconciliación que se ha dado, en todas las direcciones, por medio de Cristo Jesús: "Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el servicio de reconciliar". La reconciliación la realiza Dios y, además, encarga a la comunidad cristiana que predique y realice esa misma reconciliación.

Pablo está orgulloso de poder ser apóstol de la reconciliación de todos con
Dios: "en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios".

Lucas 15,1-3.11-32. Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

El capítulo 15 de Lucas nos transmite tres parábolas muy características de la misericordia de Dios, que forman una unidad. Hoy leemos la introducción y la parábola del hijo pródigo, omitiendo esta vez la del pastor que se carga sobre los hombros a la oveja descarriada y la de la mujer que reúne a sus vecinas para comunicarles su alegría por la moneda que había perdido y que acaba de encontrar. Así es la alegría de Dios "por un solo pecador que se convierta".

La ocasión se la brindan a Jesús los fariseos y letrados que se escandalizan y murmuran porque él acogía a los publícanos y pecadores y comía con ellos. La lección, por tanto, va para esas personas que no tienen misericordia. La parábola es una obra maestra, contada con exquisitos toques de psicología, el mejor retrato de cómo es Dios y cuál es el camino de vuelta del pecador, y de cómo a veces los "justos" son poco misericordiosos de corazón.

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Antes de Pascua, necesitamos la reconciliación

Es una gran noticia la que nos da Pablo en este tiempo de Cuaresma, ya a las puertas de la Pascua: Dios nos concede siempre la oportunidad de la reconciliación.

Todos necesitamos que Dios use esa misericordia con nosotros. Será bueno que, en estas próximas semanas, aprovechemos el sacramento en que precisamente se nos concreta la gracia de esta reconciliación. Sigue teniendo sentido pleno lo de "confesar por Pascua". Es la mejor manera para entrar en la Pascua, dejarse comunicar la victoria que Cristo, en la cruz, conquistó contra el pecado y dejarse "juzgar" y perdonar por su misericordia.
La oración nos hace decir: "reconcilias a los hombres contigo por tu Palabra hecha carne", para que así puedan "celebrar las próximas fiestas pascuales".
Tendremos que imitar la actitud de conversión del hijo pródigo: "me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti". Por encima de nuestro pecado, está la misericordia de Dios. Cuando el Catecismo describe, en un hermoso número, la historia del hijo pródigo, afirma que "el centro es el padre misericordioso": CCE 1439.

Para Pablo, el que se deja reconciliar por Cristo "es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado". Conversión y reconciliación significan, si es necesario, cambiar seriamente de dirección en nuestro estilo de vida. La Pascua quiere renovarnos en profundidad, asemejándonos más a Cristo, por ejemplo, en el programa de cambio que nos ofrece el prefacio III de Cuaresma: "tú nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestra afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados, imitando así tu generosidad".

Como el pueblo de Israel, a las puertas de la tierra prometida, celebró la Pascua, nosotros deberíamos experimentar el paso del desierto a la morada estable, de la provisionalidad a la vida nueva y definitiva: "tú abres a la Iglesia el camino de un nuevo éxodo, a través del desierto cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa, con el corazón contrito y humillado, reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza..." (prefacio V).


Nosotros también reconciliadores

Pero hay otro aspecto en este diálogo salvador entre Dios y el pecador. A la Iglesia, a la comunidad cristiana que somos todos nosotros, nos ha encargado Cristo este ministerio: proclamar y realizar esta reconciliación en todas sus direcciones, con Dios y entre nosotros. Siempre por medio de Cristo Jesús.
Deberíamos estar orgullosos, como Pablo, de poder transmitir a los demás, en nuestra familia o escuela o grupo, la buena nueva de la misericordia de Dios, de ser mediadores -eso es el sacerdocio bautismal- de reconciliación en este mundo. No sólo los obispos y sacerdotes son reconciliadores. Todos los cristianos lo podemos ser en nuestro ambiente familiar o social. En el Ritual de la Penitencia se describe bien el papel que juega la comunidad cristiana en este proceso de la vuelta de cada hijo pródigo a la casa de Dios.
"Toda la Iglesia, como pueblo sacerdotal, actúa de diversas maneras al ejercer
la tarea de reconciliación que le ha sido confiada por Dios: a) no sólo llama a la penitencia por la predicación de la Palabra de Dios, b) sino que también intercede por los pecadores, c) y ayuda al penitente con atención y solicitud maternal para que reconozca y confiese sus pecados y así alcance la misericordia de Dios, ya que sólo él puede perdonar los pecados; d) pero además, la Iglesia ha sido constituida instrumento de conversión y absolución
del penitente por el ministerio entregado por Cristo a los apóstoles y a sus sucesores" (n.8).

La Iglesia lleva dos mil años repitiendo la llamada de Pablo: "en nombre de Cristo, os pedimos que os reconciliéis con Dios". Los obispos españoles publicaron hace años (1989) una Instrucción pastoral sobre el sacramento de la Penitencia que se titula precisamente así: "Dejaos reconciliar con Dios".

¿Tenemos corazón misericordioso?

Meditando en la parábola de hoy, cada uno de nosotros debería pensar con sinceridad en cuál de los tres personajes de la parábola se ve reflejado: en el hijo pródigo, en su hermano mayor o en el padre de ambos. El padre aparece como una persona admirable, liberal, abierta. Accede a la petición del reparto de bienes. Concede a su hijo un margen de confianza, respeta su libertad y le deja salir de casa. Pero luego, tal vez porque le conoce bien, espera su vuelta, le ve de lejos, le sale al encuentro, le abraza y le prepara una gran fiesta. Es un buen retrato de Dios, el Padre que perdona. ¿Es así como nos portamos nosotros con los demás? ¿somos tolerantes, capaces de perdonar? El hijo pequeño es un inexperto y se lanza a la aventura. Tal vez cree que todo será fácil, como lo tenía en su casa desde niño. Y pasa lo que tenía que pasar: lo malgasta todo y queda en la desesperación. En vez de la libertad que deseaba, se encuentra con una situación de pérdida de su dignidad humana. Menos mal que es capaz de reflexionar y de ponerse en camino de vuelta. Reconociéndose culpable, prepara un "acto de contrición", que luego su padre no le dejará terminar. Tiene suerte de que su padre sea como es. Como nosotros, de tener un Dios rico en clemencia y en misericordia, que en esta Pascua nos espera también a nosotros, sobre todo en el sacramento de la reconciliación, para perdonarnos e invitarnos a su fiesta y darnos fuerza para la renovación de nuestra vida. También él nos ha respetado a nosotros la libertad y nos espera en nuestro camino de conversión y vuelta. El hermano mayor -en el que Jesús retrata a los fariseos, tan seguros de sí mismos- no quiere participar en la fiesta en honor de su hermano. El padre tiene que volver a salir de casa, esta vez para invitar al hermano mayor a que entre y sepa perdonar. El hermano mayor se desentiende de su hermano: "ese hijo tuyo...". Pero el padre le rebate: "ese hermano tuyo". ¿Nos vemos tal vez retratados en este hermano mayor, tan "justo" y seguro de sí mismo? ¿tenemos un corazón tan mezquino como el suyo, que no quiere facilitar a su hermano la rehabilitación? ¿qué nos sale más espontáneo a nosotros: ser fiscales y acusadores de los demás, o perdonarles con facilidad, como hace el padre de la parábola y como hace Dios? Aquí tenemos un buen programa para nuestra conversión pascual. Tendríamos que aprender a tener un corazón tan abierto y tolerante como el de Dios, como el que Jesús mostró continuamente; a saber reflexionar, reconocernos pecadores y ponernos en camino al encuentro de Dios, que nos espera; y también a saber acoger a los demás cuando han fallado y se arrepienten, sin echarles continuamente en cara lo que han hecho, y darles un margen de confianza como el que Jesús dio a Pedro después de su grave fallo. Reconciliados nosotros mismos con Dios, tenemos que ser reconciliadores con los demás.


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