sábado, 27 de febrero de 2016

Tercer Domingo de Cuaresma Ciclo C 27-28 de febrero 2016

Tercer Domingo de Cuaresma, ciclo "C"
                                                                                                    27-28 de febrero 2016

                                                                                                          La revelación a Moisés del santo e inefable Nombre: sácate las sandalias                                                                                                                [Mosaico, Ravenna, San Vitale, antes de 550]


Introducción

0.1.- En el Evangelio de Lucas encontramos [un] aspecto importante para vivir con fe el Jubileo. El evangelista narra que Jesús, un sábado, volvió a Nazaret y, como era costumbre, entró en la Sinagoga. Lo llamaron para que leyera la Escritura y la comentara. El paso era el del profeta Isaías donde está escrito: « El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor » (61,1-2). “Un año de gracia”: es esto lo que el Señor anuncia y lo que deseamos vivir. Este Año Santo lleva consigo la riqueza de la misión de Jesús que resuena en las palabras del Profeta: llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella. La predicación de Jesús se hace de nuevo visible en las respuestas de fe que el testimonio de los cristianos está llamado a ofrecer. Nos acompañen las palabras del Apóstol: « El que practica misericordia, que lo haga con alegría » (Rm 12,8).

La Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios. ¡Cuántas páginas de la Sagrada Escritura pueden ser meditadas en las semanas de Cuaresma para redescubrir el rostro misericordioso del Padre! Con las palabras del profeta Miqueas también nosotros podemos repetir: Tú, oh Señor, eres un Dios que cancelas la iniquidad y perdonas el pecado, que no mantienes para siempre tu cólera, pues amas la misericordia. Tú, Señor, volverás a compadecerte de nosotros y a tener piedad de tu pueblo. Destruirás nuestras culpas y arrojarás en el fondo del mar todos nuestros pecados (cfr 7,18-19)[1].

0.2.-Los domingos tercero, cuarto y quinto forman la segunda parte de la Cuaresma. Cada  año, esta segunda parte tiene una tonalidad propia, marcada por los evangelios que se proclaman: ciclo  A, la preparación al bautismo; ciclo B, el camino hacia la cruz; ciclo C, la conversión y la  misericordia de Dios. Dentro del tema del ciclo de este año, el “C”, hoy el evangelio  presenta, con mucha insistencia, la necesidad de conversión; y en los dos próximos domingos -el  hijo pródigo y la adúltera- nos presentarán, desde distintos ángulos, la misericordia de  Dios y, concomitantemente, la nuestra[2].
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0.3.- La liturgia de este tercer domingo de Cuaresma nos presenta el tema de la conversión. En la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo, Moisés, mientras pastorea su rebaño, ve una zarza ardiente, que no se consume. Se acerca para observar este prodigio, y una voz lo llama por su nombre e, invitándolo a tomar conciencia de su indignidad, le ordena que se quite las sandalias, porque ese lugar es santo. Yo soy el Dios de tus padres -le dice la voz- el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob"; y añade: Yo soy el que soy (Ex 3, 6.1 4). Dios se manifiesta de distintos modos también en la vida de cada uno de nosotros. Para poder reconocer su presencia, sin embargo, es necesario que nos acerquemos a él conscientes de nuestra miseria y con profundo respeto. De lo contrario, somos incapaces de encontrarlo y de entrar en comunión con él. Como escribe el Apóstol  san Pablo, también este hecho fue escrito para escarmiento nuestro: nos recuerda que Dios no se revela a los que están llenos de suficiencia y ligereza, sino a quien es pobre y humilde ante él. En el pasaje del Evangelio de hoy, Jesús es interpelado acerca de algunos hechos luctuosos: el asesinato, dentro del templo, de algunos galileos por orden de Poncio Pilato y la caída de una torre sobre algunos transeúntes (cf. Lc 13, 1-5). Frente a la fácil conclusión de considerar el mal como un efecto del castigo divino, Jesús presenta la imagen verdadera de Dios, que es bueno y no puede querer el mal, y poniendo en guardia sobre el hecho de pensar que las desventuras sean el efecto inmediato de las culpas personales de quien las sufre, afirma: ¿Ustedes piensan que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, les  aseguro; y si ustedes no se convierten, todos perecerán del mismo modo (Lc 13,2-3). Jesús invita a hacer una lectura distinta de esos hechos, situándolos en la perspectiva de la conversión: las desventuras, los acontecimientos luctuosos, no deben suscitar en nosotros curiosidad o la búsqueda de presuntos culpables, sino que deben representar una ocasión para reflexionar, para vencer la ilusión de poder vivir sin Dios, y para fortalecer, con la ayuda del Señor, el compromiso de cambiar de vida. Frente al pecado, Dios se revela lleno de misericordia y no deja de exhortar a los pecadores para que eviten el mal, crezcan en su amor y ayuden concretamente al prójimo en situación de necesidad, para que vivan la alegría de la gracia y no vayan al encuentro de la muerte eterna. Pero la posibilidad de conversión exige que aprendamos a leer los hechos de la vida en la perspectiva de la fe, es decir, animados por el santo temor de Dios. En presencia de sufrimientos y lutos, la verdadera sabiduría es dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y leer la historia humana con los ojos de Dios, el cual, queriendo siempre y solamente el bien de sus hijos, por un designio inescrutable de su amor, de su amor, a veces permite que se vean probados por el dolor para llevarles a un bien más grande[3].
                                                                                            


  Comentario Bíblico                                                                                                                                         

Visión de conjunto:

La Primera lectura es uno de los textos centrales de toda la Escritura en el que Dios se revela a Moisés en la zarza que-arde-sin-consumirse, como aquel que escucha y salva a  pobres y oprimidos, mostrando/ocultando su “Nombre”: “Yo soy/Yo estoy” aquí y ahora, para salvarlos.
El Salmo responsorial [103 (102)], por su parte nos permite interiorizar en el Nombre de Aquel que se nos ha revelado como el bondadoso-compasivo-de-gran misericordia: el Señor practica la justicia, defiende el derecho de los oprimidos,…, es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por los que lo temen.                                                           

¿Qué relación tiene todo esto con el texto del evangelio de Lucas? Para poder descubrirlo debemos incluir en nuestra panorámica  la Segunda lectura (1Cor 10,1-6. 10-12), en la que Pablo recuerda que todas las maravillas obradas por Dios durante el Éxodo no impidieron que los israelitas persistieran en sus rebeldías: Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!

Desde esta visión panorámica de toda la Mesa de la Palabra descubrimos que la interpretación que realiza Jesús de los acontecimientos que le son presentados,  debe servirnos como severa advertencia, para que seamos capaces de tomar muy en serio su amor pascual,…, convirtiéndonos…,  dando frutos y creyendo en la Buena Noticia, porque el plazo, el Tiempo-de-Dios, está cumpliéndose.


Primera Lectura: Éxodo 3,1-8a. 13-15


1.1.-La manifestación de Dios a Moisés en la zarza ardiente, en el Horeb, es uno de los momentos cumbre y momentos clave de la historia de la salvación. Señala la transición de la época de los patriarcas a la de Israel como Pueblo: el movimiento, la dinámica, que esta teofanía genera, desembocará en la liberación de Egipto que culmina con el ingreso en la Tierra Prometida (relato con el que nos toparemos el próximo domingo).

Dios en este episodio se manifiesta contemporáneamente en forma triple: (1) como aquel que cuida atentamente de su pueblo (Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos del dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos) (2) manifestando su voluntad de salvación (he bajado a liberarlo) y (3) manifestando su Nombre.
Las tres manifestaciones forman una unidad. “Yo-soy”, este es el Nombre que Dios revela a Moisés, es un nombre enigmático y con toda probabilidad con un significado polivalente. Pero es evidente que debe ser leído e interpretado en,- y desde -, el contexto de la teofanía, ya que de ella recibe luz y a ella clarifica.

1.2.-Se podría circunscribir con: “Aquí-estoy”; ”Estoy-contigo/con ustedes”; “Estoy-para-ti/para ustedes”. Dios se ‘define’, o mejor dicho, ‘se-da-a-conocer’ a través de lo que realiza en favor de Israel; en nuestro caso: su liberación de la esclavitud de Egipto. Para comprender/comprehender a Dios fijémonos en las maravillas realizadas y en las que sigue realizando: Dios se revela en la historia, y justamente se revela como Aquel que está atento, cuida, escucha y conoce, que libera y salva de todo tipo de opresión. Por eso cuando los israelitas pregunten ¿quién es este Dios? Moisés responderá: “ustedes lo verán en  aquello que el obrará entre ustedes”. Baste como botón de muestra el siguiente texto: Cuando escuché los gemidos de los israelitas, esclavizados por los egipcios, me acordé de mi alianza.  Por eso, anuncia esto a los israelitas: Yo soy el Señor. Yo los libraré de los trabajos forzados que les imponen los egipcios, los salvaré de la esclavitud a que ellos los someten, y los rescataré con el poder de mi brazo, infligiendo severos y justos castigos.
 Haré de ustedes mi Pueblo y yo seré su Dios. Así tendrán que reconocer que soy yo el Señor, el que los libró de los trabajos forzados de Egipto. Después los introduciré en la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, y se la daré en posesión. Yo soy el Señor. (Ex 6,4-7; leer 10,2; 16,6. 12...). Toda la historia del Éxodo, más aun toda la historia de Israel, más todavía, la historia toda de la Iglesia, la de nuestras comunidades y familias, la nuestra personal, se transforma en  “explicación” del significado del Nombre revelado en la zarza ardiente. Dios no debe ni puede ser reducido ni encerrado en ‘formulas’ o ‘definiciones’ estáticas: Él se sigue revelando continuamente en las obras que realiza.  Sólo en la Jerusalén celestial, una vez superados todos los éxodos, todos los desiertos y barrancos de la historia, la revelación del Nombre será plena: Ya no habrá allí ninguna maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en la Ciudad, y sus servidores lo adorarán. Ellos contemplarán su rostro y llevarán su Nombre en la frente (Ap 22,3-4), porque sólo se conoce a Dios cuando se ha experimentado plenamente su salvación.   

“La primera petición del Padrenuestro nos recuerda el segundo mandamiento del Decálogo: No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso (Ex 20,7; cf. Dt 5,11). Pero, ¿qué es el “nombre de Dios”? Cuando hablamos de ello pensamos en la imagen de Moisés viendo en el desierto una zarza que ardía sin consumirse. En un primer momento, llevado por la curiosidad se acerca para ver ese misterioso fenómeno, pero he aquí que una voz le llama desde la zarza y le dice: Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob (Ex 3,6). Este Dios le manda de vuelta a Egipto con el encargo de sacar de allí al pueblo de Israel y llevarlo a la tierra prometida. Moisés deberá pedir al faraón la liberación de Israel en nombre de Dios. Pero en el mundo de entonces había muchos dioses; así pues, Moisés pregunta a Dios cuál es su nombre, el nombre con el que este Dios demuestra su mayor autoridad frente a los otros dioses. En este sentido, la idea del nombre de Dios pertenece en principio al mundo politeísta; en él, este Dios ha de tener también un nombre. Pero el Dios que llama a Moisés es realmente Dios. Dios en sentido propio y verdadero no existe en pluralidad con otros dioses. Dios es, por definición, uno solo. Por eso no puede entrar en el mundo de los dioses como uno de tantos, no puede tener un nombre entre los demás. Así, la respuesta de Dios es al mismo tiempo negación y afirmación. Dice simplemente de sí: Yo soy el que soy, Él es, y basta. Esta afirmación es al mismo tiempo nombre y no-nombre. Por eso, era del todo correcto que en Israel no se pronunciara esta autodefinición de Dios que se percibe en la palabra YHVH, que no la degradaran a una especie de nombre idolátrico. Y por ello no es del todo correcto que en las nuevas traducciones de la Biblia se escriba como un nombre más este nombre, que para Israel es siempre misterioso e impronunciable, rebajando así el misterio de Dios, del que no existen ni imágenes ni nombres pronunciables, al nivel ordinario de una historia genérica de las religiones

No obstante, sigue siendo cierto que Dios no rechazó simplemente la petición de Moisés y, para entender este singular entrelazarse de nombre y no-nombre, hemos de tener claro lo que significa realmente un nombre.                                                                                                                        

Podríamos decir sencillamente: el nombre crea la posibilidad de dirigirse a alguien, de invocarle. Establece una relación. Cuando Adán da nombre a los animales no significa que describa su naturaleza, sino que los incluye en su mundo humano, les da la posibilidad que ser llamados por él. A partir de ahí podemos entender de manera positiva lo que se quiere decir al hablar del nombre de Dios: Dios establece una relación entre Él y nosotros. Hace que lo podamos invocar. Él entra en relación con nosotros y da la posibilidad de que nosotros nos relacionemos con Él. Pero eso comporta que de algún modo se entrega a nuestro mundo humano. Se ha hecho accesible y, por ello, también vulnerable. Asume el riesgo de la relación, del estar con nosotros.
Lo que llega a su cumplimiento con la encarnación ha comenzado con la entrega del nombre. De hecho, al reflexionar sobre la oración sacerdotal de Jesús veremos que allí Él se presenta como el nuevo Moisés: He manifestado tu nombre a los hombres...  (Jn 17,6).

Lo que comenzó en la zarza que ardía en el desierto del Sinaí se cumple en la zarza ardiente de la cruz. Ahora Dios se ha hecho verdaderamente accesible en su Hijo hecho hombre. Él forma parte de nuestro mundo, se ha puesto, por decirlo así, en nuestras manos”[4].  

Segunda Lectura: 1ª carta a los Corintios 10,1-6. 10-12

Bebían el agua de una roca espiritual que los acompañaba, y esa roca era Cristo

2.1.-Esto es lo que escribe Pablo en este trozo de la 1ª carta a los Corintios en el que evoca la vida del pueblo elegido, que guiado por Moisés, atravesaba el desierto; la historia real y concreta de un pueblo es, al mismo tiempo, la historia-símbolo de toda existencia humana que busca alcanzar su meta, es decir la salvación, la liberación de toda infelicidad y de todo mal; liberación que,- ¡lo sabemos desde, por  y en la fe! -, ha sido realizada por Cristo, el Hijo de Dios que asumió nuestra humanidad, y hecho en todo igual a nosotros, menos en el pecado, puede guiarnos y sostenernos en el fatigoso camino que lleva al Padre, meta última,- se sepa o no -, de toda existencia humana; en este recorrido, él mismo, nuestro Salvador, se ha hecho pan y bebida, comida y manantial, simbolizados en el maná y el agua brotada de la roca en el desierto.   

2.2.-El éxodo es una historia que se repite una y otra vez, se repite en las migraciones de los pueblos [¡pensemos por ejemplo, en la búsqueda de la tierra sin mal de los pueblos guaraníes!], constreñidos por las circunstancias más diversas, que, hoy como ayer, vemos que se repite en las e[migraciones] de los pueblos, y se repite, analógicamente, en la existencia de cada uno de  quienes aspiren  lograr la plenitud de vida, de libertad y de paz;  pero todo éxodo se topa con el fracaso, con el cansancio que desmorona, las desilusiones, el desaliento y finalmente la tentación de negar o de alejarse de Dios,  que cuando el horizonte se oscurece, parece lejano y ausente; pero la verdad es muy otra: la verdad es que Dios está siempre atento a las vivencias de todo hombre, ya que mira, escucha y conoce los sufrimientos, los gritos y los dolores de todos y cada uno. 

Evangelio: san Lucas 13,1-9

3.1.-Lucas muestra cómo enseña Jesús a interpretar de manera «evangélica» los acontecimientos, (…). Lo hace dialogando con aquellos que cuentan un hecho trágico.
(…) Todo este pasaje es propio de Lucas, salvo las dos parábolas finales.

3.1.1.-Lectura de conjunto.

Una primera parte concierne a la interpretación de las catástrofes (vv. 1-9). Algunos cuentan a Jesús una matanza llevada a cabo por Pilato. La respuesta de Jesús está construida según un estricto paralelismo, introduciendo él mismo otro caso de catástrofe: una torre que ha aplastado a dieciocho personas, Jesús interpreta los dos casos como invitaciones a la conversión. Lógicamente viene entonces la parábola de la higuera estéril que recibe la gracia de un plazo de un año.

3.2.-Al hilo del texto.

3.2.1.- Jesús no está en Jerusalén, pero la gente le informa de la matanza de unos galileos por parte de Pilato en el Templo, El lector debe recordar aquí que el propio Jesús es tenido por galileo,

3.2.2.- ¿Cómo debe «interpretar» el lector la interpretación hecha por Jesús de las dos catástrofes? Por una parte, Jesús dice que no hay que ver en ellas un castigo de Dios. Por otra, afirma: si no se convierten, perecerán de la misma manera, ¿Qué significa este ‘de
la misma manera? ¿Que Dios castiga? No, aunque las catástrofes nos recuerdan que vivimos en un mundo lleno de peligros, Ahora bien, ¿hay mayor desgracia que perder la vida sin haberse adherido a la Buena Nueva mediante una verdadera conversión, como ocurre en el caso de los galileos o de esos jerosolimitanos?

Para Lucas, esta palabra de Jesús sin duda ilumina el caso extremo de la ruina de Jerusalén en el año 70.

3.3.- La higuera de la parábola está en un viñedo, posible alusión a la Viña de Is 5,1-7 (es decir, a Israel, donde Dios no encuentra los frutos esperados), Los «tres años» ¿son una alusión de Lucas a la duración del ministerio de Jesús? ¿Ve en el obrero de la viña al propio
Jesús y en los cuidados dedicados al árbol los últimos esfuerzos del anuncio de la Buena Noticia? No hay que llevar en exceso la parábola hacia la alegoría, aunque Lucas quizá piense en ello"[5].

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

Con razón dice también el Señor en el evangelio a propósito de cierto árbol estéril: Hace ya tres años que me acerco a él sin encontrar fruto: lo cortaré para que no estorbe en el campo. Intercede el campesino; intercede cuando ya el hacha está a punto de caer, para cortar las raíces estériles; intercede el campesino como intercedió Moisés ante Dios; intercede diciendo: Señor, déjalo todavía un año; cavaré a su alrededor y le echaré un poco de abono; si da fruto, bien; si no, podrás venir y cortarlo. Este árbol es el género humano. El Señor lo visita en la época de los Patriarcas: el primer año, por así decir. Lo visitó en la época de la Ley y los Profetas: el segundo año.
He aquí que amanece el tercer año; casi debió ser cortado ya, pero un misericordioso intercede ante el [Todo] Misericordioso. Se mostró como intercesor quien quería mostrarse misericordioso. «Déjalo, dijo, todavía este año. Cavemos a su alrededor -una fosa es signo de humildad-; echemos un balde de abono, por si da fruto». Más todavía: puesto que una parte da fruto y otra no lo da, vendrá su dueño y la dividirá. ¿Qué significa la dividirá? Que ahora los hay buenos y los hay malos, como formando un solo montón, un solo cuerpo.

Por tanto, hermanos míos, como dije, la bosta del abono en el sitio adecuado da fruto y en el inadecuado llena de porquería el lugar. Hay alguien triste; veo que alguien está triste. Veo la bosta, busco su lugar. -«Dime, amigo, ¿por qué estás triste?» -«He perdido el dinero». No hay más que un lugar sucio; el fruto será nulo. Escuchemos al Apóstol: La tristeza según el mundo causa la muerte. No sólo es nulo el fruto; también el daño es enorme. Dígase lo mismo de las restantes cosas que producen gozo efímero, y que sería largo enumerar. Veo que otro está triste, gime y llora. Veo gran cantidad de bosta; también en este caso busco su lugar. Cuando lo vi triste y llorando, advertí también que estaba orando. Triste, con gemidos y llanto, y en oración: me hizo pensar en no sé qué buen augurio; pero todavía busco el lugar. ¿Y si ese que ora y gime con gran llanto pide la  muerte para sus enemigos? El motivo es ese; pero está en llanto, oración y súplica. No hay más que un lugar sucio, el fruto será nulo.
Más grave es lo que encontramos en la Escritura. Cuando pide la muerte de su enemigo, viene a parar en la maldición que pesa sobre Judas: Su oración se convierte en pecado. Me he fijado de nuevo en otro que gemía, lloraba y oraba. Advierto la bosta, busco el lugar. Presté oído a su oración, y le escuché decir: Yo he dicho:”Señor, ten compasión de mí; sana mi alma, porque he pecado contra ti”. Gime por sus pecados; reconozco el campo y quedo a la espera del fruto. ¡Gracias a Dios! La bosta está en buen lugar; no está ahí de más, está produciendo fruto[6].


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[1] Papa Francisco, Misericordiae Vultus 16-17.
[2] Inspirado en J. Lligadas, Misa Dominical 1989, 5. Tomado de www.mercaba.org  
[3] Benedicto XVI, Ángelus 07 de marzo 2010.
[4] J. Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret,- Primera parte: desde el Bautismo hasta la Transfiguración- (Traducción de C. Bas Álvarez), Buenos Aires 2007, pp. 176-179. Negrita y subrayado nuestros.
[5] Adaptado de Y Saoût, Evangelio de Jesucristo según san Lucas, Estella (Navarra) 2008 (CB 137), p. 61-62.
[6] San Agustín de Hipona, Sermón 254,3-4. Traducción adaptada de BAC 53 (obras de SA VII), pp. 415. 417. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer el Hortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas.  Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una breve estancia en Roma — durante su permanencia en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el año 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.


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