lunes, 22 de febrero de 2016

DOMINGO 3 DE CUARESMA Ciclo C

- I -
Dios nos quiere ayudar en nuestro camino de conversión


Las características de este domingo son dos: la figura de Moisés en la 1ra lectura y el episodio de la higuera, con la llamada a la conversión en el Evangelio.
En el repaso de la historia de la salvación que hacemos en los domingos de Cuaresma con las primeras lecturas, después de recordar el domingo pasado a Abrahán, hoy se nos presenta a Moisés, el gran líder que sacó al pueblo israelita de Egipto y lo condujo a través del desierto hasta las puertas de la tierra prometida, en un momento decisivo de la historia de Israel.

En el evangelio de Lucas leeremos en los próximos domingos unas invitaciones de Jesús a la conversión, asegurándonos el amor misericordioso y el perdón de Dios. Se pueden proclamar también los evangelios del ciclo A, los "bautismales" (samaritana, ciego, Lázaro; agua, luz, vida). Pero nosotros, aquí, nos fijamos en los evangelios propios del ciclo C.


Éxodo 3, l-8a. 13-15. "Yo soy" me envía a vosotros


Moisés había tenido que escapar en su juventud de Egipto y se había instalado como pastor, fundando una familia en la tierra de Madián. Ahora tiene esta misteriosa experiencia de la zarza ardiente y escucha la voz de Dios que le envía a liberar a su pueblo. Es un episodio decisivo en su vida.

El protagonista es Dios, que "ha visto la opresión de su pueblo, ha oído sus quejas, se ha fijado en sus sufrimientos", y quiere librarles de esa esclavitud y conducirles a la tierra que había prometido a Abrahán. Él es "el que es", el "yo soy", siempre lleno de cercanía y de amor misericordioso, el que guarda memoria de sus promesas: por eso sigue siendo el "Dios de vuestros padres, de Abrahán, de Isaac, de Jacob". La misión de Moisés va unida, en este pasaje, a la revelación de la identidad de Dios como Dios cercano y liberador.

Por eso el salmo recalca esta característica de Dios: "el Señor es compasivo y misericordioso", repitiendo una de las mejores definiciones de Dios que se dan en el AT y que escuchamos varias veces a lo largo del año: "el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia".


1 Corintios 10,1-6.10-12. La vida del pueblo con Moisés en el desierto
fue escrita para escarmiento nuestro


La lectura de Pablo parece elegida para comentar la primera-aunque también preludia en cierto modo el evangelio-, nombrando a Moisés como guía de su pueblo por el desierto. La nube, el alimento del maná y el agua de la roca prefiguraban los dones que Cristo trajo a la humanidad, pero para la mayoría de aquel pueblo no sirvieron, porque no llevaban una vida de acuerdo con la alianza con Dios.

Este pasaje es uno de los clásicos casos de "lectura tipológica" del AT por parte del NT. Todas esas cosas "sucedieron en figura para nosotros" y como escarmiento. Se cumple el famoso dicho de san Agustín: "Novum in Vetere latet, et in Novo Vetus patet: el NT está escondido en el AT, y el AT se hace manifiesto en el NT".

También a nosotros puede resultarnos inútil la salvación de Cristo si no le respondemos con nuestra vida: "el que se cree seguro, cuidado no caiga".


Lucas 13,1-9. Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera


En su ministerio de Maestro, Jesús saca con frecuencia lecciones de hechos que han sucedido recientemente. Esta vez, los que habían perecido al aplastar las autoridades una revuelta de los galileos, y otros que habían muerto aplastados por un muro que se había caído. La enseñanza de Jesús es: "si no os convertís, todos pereceréis lo mismo".

A raíz de estos hechos añade una parábola: la de la higuera que no da fruto y que el dueño del campo quiere cortar, para que no "ocupe terreno en balde", aunque el labrador intercede por ella y consigue de momento una prórroga. Jesús no confirma ni niega la opinión generalizada en su tiempo de que los males que le vienen a uno son castigo de sus pecados. Pero sí saca lección de todo. Los eliminados por la autoridad lo serían por su rebeldía. Los
muertos del muro, por accidente. La higuera corre peligro de ser arrancada por su esterilidad.


- I I -
Invitación a la conversión

Los evangelios de Lucas elegidos para este ciclo C se refieren sobre todo a la necesidad de la conversión, del cambio en el estilo de vida, como elemento fundamental de nuestro camino hacia la Pascua. Jesús, interpretando los hechos de vida de su tiempo, nos invita a la conversión. Al hablar de los muertos que hubo cuando la autoridad civil decidió aplastar la revuelta de algunos galileos, o de las víctimas del accidente cuando se derrumbó un muro, termina igual: "si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera".

La "conversión" no es sólo "hacer penitencia", en el sentido de realizar unas obras de ayuno o de limosna. La palabra griega para "penitencia" es "metánoia", que significa "cambio de mentalidad". Lo que nos pide la Cuaresma es un cambio en un nivel bastante más profundo que el de las meras obras exteriores.

Una conversión, si es auténtica, "hace daño", porque significa meter "el dedo en la llaga" y corregir las raíces de nuestros males. Si hay que "operar", tenemos que estar dispuestos a hacerlo, y no conformarnos con aplicar una pomada suave que no llega a las raíces de nuestro mal.

La oración de hoy habla de "nuestros pecados" y del "pueblo penitente" que acude a Dios, consciente de que las clásicas obras cuaresmales del "ayuno, la oración y la limosna" son "remedio de nuestros pecados". En la oración de las ofrendas pedimos a Dios que "esta eucaristía perdone nuestras ofensas y nos ayude a perdonar a los que nos ofenden".

Es bueno, ante todo, que nos sepamos reconocer pecadores, porque somos débiles y con frecuencia faltamos a la Alianza con Dios. Para que luego, con la ayuda de Dios, tomemos la decisión de cambiar de rumbo, de volvernos a él en nuestra vida, y de dar los frutos que él espera de nosotros. El prefacio II de Cuaresma dice que Dios "ha establecido este tiempo de gracia para renovar en santidad a sus hijos... libres de todo afecto desordenado".


¿Somos higueras que dan fruto?

Nos lo dice Jesús con la parábola de la higuera, que si no da frutos es inútil que ocupe lugar. Es una parábola que nos interpela de lleno a cada uno y a la comunidad eclesial. No quiere meternos angustia en el cuerpo, pero sí estimularnos a dar frutos, y este año, sin esperar al que viene. Pablo, a los cristianos de Corinto, les avisaba que no todos los que hicieron el camino con Moisés por el desierto agradaron a Dios. No fueron fieles a la Alianza, se dejaron llevar de las tentaciones de los pueblos vecinos, siguiendo su estilo de vida. Se buscaron otros dioses más permisivos. Por eso no entraron en la tierra prometida. Para Pablo eso debería servirnos de escarmiento a nosotros. No basta con pertenecer al pueblo de Dios, o con decir unas oraciones o llevar unas medallas. No basta ser unos árboles plantados en el jardín de Dios. Algo debe cambiar en nuestra vida, en nuestro estilo de pensar y de actuar.
¿Qué clase de árbol frutal somos cada uno de nosotros? ¿Damos los frutos que el agricultor espera? En la Pascua de este año tendríamos que tomar la decisión de responder mejor a las expectativas que Dios tiene sobre cada uno de nosotros. No en palabras, sino en obras.

Comparándonos con la higuera, ya el año pasado seguramente tuvo que decir Dios: "déjala todavía este año, a ver si da fruto". ¿Tendrá que repetir lo mismo en esta próxima Pascua?


Dios nos quiere liberar de toda esclavitud

El Dios del éxodo, el que envía a Moisés a una misión difícil, es también el Dios Padre de Jesús, que de nuevo quiere liberar a su pueblo, a toda la humanidad, ahora por medio de su Hijo.
Es el Dios que queda retratado ya en el libro del Éxodo, pero sobre todo en las parábolas y en la actuación de Jesús: el Dios que se apiada de los que pasan hambre, de los que están enfermos, o lloran la muerte de un ser querido, o son víctimas de injusticias. Un Dios que siempre está dispuesto al perdón. El Dios que se llamó "yo soy", se llama ahora, por Cristo Jesús, "Dios-connosotros", el Dios que vive, que es y que está cercano y se compadece y
viene a liberar. Son interesantes las reflexiones del Catecismo sobre cómo "Dios revela su nombre": CCE 203-213.
El que más se entristece del mal y del dolor que hay en el mundo, y de las injusticias y de los accidentes, es el mismo Dios. Es bueno que estos días miremos con confianza hacia ese Dios que es Padre. La teología de la liberación no la hemos inventado ahora nosotros: ya aparece formulada en esa cercanía del Dios al dolor de su pueblo y en su voluntad de liberarlo. En la lucha entre el bien y el mal en la que estamos todos comprometidos, a

veces tenemos nuestros problemas y somos víctimas de alguna esclavitud. Dios, en esta Cuaresma-Pascua, nos quiere liberar a cada uno de nosotros. Su misericordia es mucho mayor que nuestra debilidad. Con mayor razón que el salmista del AT podemos decir nosotros en esta Cuaresma que "el Señor es compasivo y misericordioso", que "perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades y te colma de gracia y de ternura". Hoy vale la pena leer -después de la comunión, o en otro momento de oración personal- todo el salmo 102, un magnífico himno a la misericordia de Dios, del que en el salmo responsorial cantamos sólo unas pocas estrofas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario