jueves, 4 de febrero de 2016

Comentario de José Aldazabal al las lecturas del Domingo 5 del tiempo Ordinario

DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO

- I –

La vocación viene de arriba Continuamos leyendo en Lucas el ministerio de Jesús en Galilea, ahora con la vocación de sus primeros discípulos, junto al lago de Tiberíades y la pronta respuesta de dos parejas de hermanos. Como preparación de esta escena leemos, en el AT, la vocación profética de Isaías. Lo que nos invitará a considerar también el sentido que sigue teniendo la vocación en la vida de un cristiano. En la carta a los Corintios, después del tema de los carismas y la unidad en la Iglesia, saltamos al capítulo 15, donde nos quedaremos cuatro domingos: es un capítulo que Pablo dedica al tema de la resurrección de los muertos.

Isaías 6, l-2a. 3-8. 

Aquí estoy, mándame El profeta nos cuenta su propia vocación, en Judá, en los tiempos calamitosos en torno al destierro de Babilonia. En una solemne visión del excelso trono de Dios, rodeado de ángeles y serafines que cantan alabanzas, Isaías, asustado, recibe la purificación por parte de un ángel, con un ascua de fuego, y oye la voz del Señor que le llama: "¿A quién mandaré? ¿quién irá por mí", a lo que Isaías contesta: "Aquí estoy, mándame".

 El salmo recoge sobre todo la alabanza cantada por los ángeles. El salmista asume esta actitud de gratitud y glorificación de Dios: "te doy gracias, Señor... delante de los ángeles tañeré para ti.. .que te den gracias los reyes de la tierra... porque la gloria del Señor es grande".


1 Corintios 15,1-11. 


Esto es lo que predicamos, esto es lo que habéis creído Una de las preguntas que los cristianos de Corinto habían hecho a Pablo se refería a cómo puede ser que resuciten los muertos. Se ve que a los griegos este tema les resultaba particularmente difícil de comprender. Creían en la inmortalidad del alma, pero no en la resurrección corporal. La suya era una filosofía "dualista", al contrario del pensamiento judío, que era "unitario". Ya en su predicación en el Areópago de Atenas, a Pablo le habían reaccionado entre burlas y dilaciones apenas habló de que a Jesús Dios le había resucitado. Ahora se trata, no de la resurrección de Cristo, sino de la nuestra. En el pasaje de hoy, Pablo pone la gran premisa que justifica nuestra fe en la futura resurrección de los muertos: la de Cristo. Esto es lo que les había transmitido de viva voz cuando estuvo en Corinto: "lo primero que os transmití fue que Cristo murió, fue sepultado y que resucitó al tercer día". Esta es como una profesión de fe breve y lapidaria. Pablo enumera algunas de las apariciones que dan credibilidad a esta convicción: a Pedro, a los doce, a más de 500 personas juntas, a Santiago. Y "por último, como a un aborto, se me apareció también a mí". Esta es para él una verdad básica de la fe cristiana. La resurrección de Cristo "es lo que predicamos y es lo que habéis creído". Él ha recibido esa fe y la ha transmitido a los Corintios. En las próximas lecturas veremos cómo saca las consecuencias: si Cristo resucitó, también nosotros lo haremos.



Lucas 5,1-11. 


Dejándolo todo, lo siguieron.

 La llamada de Jesús a los primeros apóstoles -Pedro, Santiago, Juan- sigue a la primera "pesca milagrosa" (la segunda será cuando en el mismo lago se les aparezca como Resucitado). A pesar de que Pedro, que sabe su oficio de pescador, desconfía de volver a faenar después de una noche sin resultados,  sin embargo, en el nombre de Jesús, echa las redes, con el resultado de que se llenan las dos barcas hasta casi hundirse. La reacción de Pedro es de admiración y adoración. Jesús aprovecha para decirle a él y a los demás que desde ahora van a ser "pescadores de hombres". Cosa que no debieron entender de momento, pero que se les quedó grabada, y que cumplieron, después de Pascua y Pentecostés, con un ministerio generoso, hasta el testimonio supremo de la muerte. 


-II - 


Dios llama: busca colaboradores La vocación cristiana -sea al ministerio ordenado, a la vida religiosa, a la vida y al ministerio matrimonial, al compromiso del testimonio cristiano en medio del mundo- es siempre un misterio. Dios lleva la iniciativa. En el caso de Isaías, un joven de unos veinticinco años, de una familia noble de Jerusalén, es Dios quien le llama, y él responde "aquí estoy, mándame". En el caso de los primeros apóstoles, sencillos pescadores de Galilea, es Cristo quien les interpela y, después de la pesca milagrosa, les encarga: "seréis pescadores de hombres". Ser "pescadores de hombres" no tiene ningún sentido peyorativo, como si buscara un proselitismo a ultranza. Significa que Cristo quiere que sus seguidores, además de creer en él, se dediquen a evangelizar, a dar testimonio, a persuadir a cuantas más personas mejor de la buena noticia del amor y la salvación de Dios. Por eso eligió a los doce. Por eso envió luego a los setenta. Por eso les encargó al final que fueran por todo el mundo evangelizando, bautizando y enseñando a vivir según su estilo. También hoy, el Dios todo santo y todopoderoso es a la vez el Dios cercano, que quiere comunicar su vida a todos y para ello se sirve de colaboradores y sigue llamando a hombres y mujeres que contesten "aquí estoy, mándame" y se dispongan a trabajar como "pescadores de hombres", o sea, como testigos de Cristo en medio de la sociedad, tratando de ganar a otros a la fe. Tal vez esta llamada no revestirá la solemnidad que tuvo la de Isaías, en el marco de la liturgia del Templo y con una visión del Trono de Dios, sino que será sencilla, como la de los primeros apóstoles: una llamada desde su mismo trabajo diario a otro más amplio al que les invita Jesús. Pero siempre es una llamada, siempre supone una misión no fácil y siempre pide una respuesta generosa. Aquí estoy: mándame Es un misterio también el que muchos se sientan interpelados de esta manera por la llamada de Dios y se decidan a colaborar en la construcción de su Reino. Isaías, confiado en la ayuda de Dios, acepta ser su portavoz en medio del pueblo: "aquí estoy, mándame". Una respuesta parecida a la que otro joven, Samuel, había formulado antes: "habla, Señor, que tu siervo escucha". Y la que también pronunció otra joven, esta vez del NT, María de Nazaret: "hágase en mí según tu Palabra". También Pablo nos da ejemplo de una respuesta valiente a Cristo, cuando, en el camino de Damasco, se dejó convencer por su luz y su palabra y contestó: "Señor, ¿qué queréis que haga?". Y a fe que luego cumplió generosamente su vocación de apóstol de Cristo, a pesar de todas las dificultades que encontró en el camino. Los primeros apóstoles nos dan hoy una hermosa lección de obediencia a la llamada vocacional. El sorprendente resultado de la pesca provoca en Pedro y también en sus compañeros: "sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron". La respuesta de los llamados va acompañada de una experiencia de fe. Isaías queda estupefacto por la trascendencia de Dios y asustado de "haber visto al Señor". Pablo, en el camino de Damasco, queda cegado por la luz del Resucitado. Los apóstoles quedan maravillados del milagro que acaba de hacer Jesús. La reacción de Pedro es de admiración y también de espanto: "apártate de mí, Señor, que soy un pecador". Como ellos, miles y miles de hombres y mujeres, también hoy, al oír la llamada de Cristo, responden "aquí estoy, mándame", y dedican sus mejores años y energías a la difusión del Evangelio, a dar testimonio de la verdad fundamental de nuestra fe: Cristo ha muerto por nosotros y ha resucitado y está vivo y está presente en nuestra vida. Eso no afecta sólo a los sacerdotes o a los religiosos: todo cristiano tiene una misión que cumplir, como testigo de Cristo, en su familia y en la sociedad. Un niño puede ayudar a sus compa- ñeros, una joven o un joven pueden ejercitar una influencia constructiva entre sus amigos o en el lugar de estudio o trabajo, los padres para con los hijos y los hijos para con los padres, los que actúan en los medios de comunicación o en el campo sanitario o en la política: todos estamos vocacionados a ser personas auténticas, humana y cristianamente. En el origen de nuestra vocación específica no hay, probablemente, ninguna visión mística o "pesca milagrosa" que nos haya asombrado y nos haya empujado a la decisión. Pero sí, de algún modo, ha habido un sentimiento de fe y admiración por Cristo, y la convicción de que vale la pena relativizar otras cosas y colaborar con él en la salvación del mundo. La difícil vocación de los cristianos en este mundo Pero seguro que alguna vez en nuestra vida necesitamos oír también nosotros las palabras de ánimo de Jesús a Pedro, al ver su cara de susto: "no temas". No es fácil seguir la llamada de Dios. Isaías se siente impuro y asustado. Pedro cae rostro en tierra pidiendo a Jesús que se aparte, porque él es un pecador. Ser enviado vocacionalmente a un mundo distraído o incluso hostil, a dar testimonio de valores que tal vez no apetecen a la mayoría, no tiene asegurado el éxito ni que nuestro esfuerzo nos vaya a "compensar" a corto plazo. Probablemente habremos experimentado también nosotros el fracaso de algunas noches estériles en que "no hemos pescado nada", alternando con días en que sí hemos sentido la presencia de Jesús que ha vuelto eficaz nuestro trabajo. Sin él, la esterilidad. Con él, la fecundidad sorprendente. "Sin mí, no podéis hacer nada". Así vamos madurando, como aquellos primeros discípulos, en nuestro camino de fe, a través de los días buenos y de 252 los malos. Para que, por una parte, no caigamos en la tentación del miedo o la pereza. Y, por otra, no confiemos excesivamente en nuestros métodos, sino en la fuerza de Cristo. Debemos seguir escuchando la invitación que hoy escuchamos a Cristo y que se ha hecho famosa en las consignas del papa Juan Pablo II para el tercer milenio: "rema mar adentro" ("duc in altum"). Si no hemos conseguido mucho, en nuestro apostolado "mar adentro", ¿no será porque hemos confiado más en nosotros que en él? ¿porque hemos "echado las redes" en nombre propio y no en el de él? La Eucaristía, motor de nuestra vida Para que nuestra respuesta a la vocación de Dios y nuestra colaboración en su Reino sean realidad, tenemos la gran ayuda de la Eucaristía, en la que nos sentimos apoyados por los otros creyentes que se reúnen en comunidad, por la Palabra de Dios que nos guía y por la fuerza que nos da el Alimento eucarístico. En la "teofanía" o experiencia mística que tiene Isaías, con una visión idealizada de la "liturgia" del cielo, los ángeles "gritaban diciendo: Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria". Nosotros, en la Plegaria Eucarística, cantamos el mismo canto, alabamos a Dios, nos unimos con Cristo, y al final escuchamos muy atentos nuestro "envío misionero" a este mundo: "Podéis ir en paz". Entonces empieza lo concreto de nuestra respuesta: nuestro estilo de vida, nuestra fe hecha esperanza y servicio fraterno, nuestro compromiso de trabajar como apóstoles de Cristo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario