miércoles, 2 de julio de 2014

Comentarios a las lecturas del próximo Domingo

 

      “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra” (Mt. 11, 25-30).

Estas palabras son un canto espontáneo de gozo, admiración y agradecimiento que brotan de los labios de Jesús…
En la vida de Jesús la acción de gracias y la alabanza ocupan un lugar central. El de hoy es significativo: el amor de Dios está en el origen de todo y en la raíz de todo. La acción de gracias nos ayuda a reconocer nuestros dones, a reconocer el gran don de la vida. Nadie se da la vida a sí mismo: la vida es el gran regalo de Dios, nunca suficientemente valorado... No la hemos decidido nosotros. Aunque nos parece muy normal existir, nuestra vida es un acontecimiento que podía no haber sucedido. Es Dios mismo el que nos ha llamado a vivir. La acción de gracias es muy importante porque nos sitúa en la realidad: todo lo recibimos.

“Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla.” No podemos pensar que Jesús bendice a Dios porque los entendidos no entiendan. Sería mezquino pensar que Jesús se alegra porque Dios no se revela a alguien. Dios no puede tener privilegios con nadie. Lo que quiere decir es que el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los autosuficientes, los “sabios” tienen capacidad para crearse su propio Dios, que siempre se parecerá a ellos mismos.

 Jesús dice: “Todo me lo ha entregado mi Padre.” Jesús tiene conciencia de que todo lo recibe del Padre. Él, como Hijo, se recibe del Padre... Nosotros podemos decir lo mismo, podemos reconocer que todo nos ha sido dado..., es su Amor el que nos lo está dando todo en cada momento. El H. Roger dice: “si existes es por Amor”. El fondo de la realidad última no es la nada sino el Amor.  Hoy es un día para dar gracias por el don de la vida. Necesitamos recuperar la actitud de la alabanza y de acción de gracias que hemos perdido. Siempre podemos dar gracias.

    Nadie conoce al Hijo sino el Padre”. (Mt. 11,27), el Padre conoce al Hijo en profundidad, el verbo conocer significa amar, es decir, el Padre ama al Hijo, Jesús se siente amado por el Padre; esta es la experiencia nuclear de la vivencia de Jesús y también la experiencia humana más profunda que podemos hacer: la de sentirnos amados. Podemos decir: te salva quien te ama, quien te ama tanto que es capaz de dar su vida por ti. Este es el Amor que libera profundamente nuestra vida.

Jesús añade:  “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiere revelar” y el único que puede revelarlo a través de sus gestos y palabras. Esta revelación que el Hijo hace del Padre es a “los pequeños”. Dios ha decidido “gratuitamente” revelarles “estas cosas”. Es fácil comprender que bajo la expresión “estas cosas” hay una clara alusión al Evangelio en su totalidad,  es decir, a la nueva comprensión de Dios y de su designio que se contiene en las palabras y en los hechos de Jesús. “Estas cosas” se refieren  al camino de liberación y de vida que Jesús nos abre a todos.





Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré.”...

Que bien poder escuchar hoy estas palabras de Jesús… Son tres invitaciones: “venid a mí”, “cargad con mi yugo” y “aprended de mí”.

Jesús se dirige a todos los cansados, a los que andan sin sentido, a aquellos que no pueden más, a los que dejamos al margen, a los abatidos por los sufrimientos de la vida.... Ahí, entre esos “cansados y agobiados” podemos estar también nosotros...
 A veces, nos entra el miedo porque nos sentimos incapaces de llevar “nuestras cargas”, pero Él nos dice que podemos aprender de Él: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.
 Sí, hay situaciones en las que los cansancios y agobios pueden con nosotros. Por distintos motivos y circunstancias, a veces, nos podemos sentir cansados y la vida nos pesa. Las limitaciones personales, la enfermedad, nuestras frustraciones, los desencantos vividos, la situación de injusticia en el mundo y las dificultades de la misma Iglesia… Todas estas cosas pueden herirnos y dejarnos una sensación de pesimismo, de cansancio y de desesperanza pero Jesús nos dice: “Venid a mí todos”... “todos”, nadie está excluido de su Amor. Sí, este amor no excluye a nadie y libera a todos, este amor ilumina la oscuridad de nuestra vida y llena los vacíos de nuestro corazón. Él, Jesús, es el verdadero consuelo más allá de toda palabrería.

     ¿Dónde encontrar descanso y sosiego en una sociedad marcada por las prisas, la competencia y la ansiedad?  Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo”... que es “suave y mi carga ligera y encontrareis descanso”. Jesús hace referencia a que el encuentro con Él es un verdadero descanso. Entre los fariseos del tiempo de Jesús se hablaba de “tomar el yugo” de la ley, por eso Jesús invita a cambiar ese “yugo” de la ley por el yugo suave y ligero de la Buena Noticia. Ciertamente, en el encuentro con Jesús encontramos un verdadero descanso. Pero no es fácil descansar cuando la insatisfacción, la tristeza, el miedo o el agobio nos inundan.

     Podemos vivir agitados, dispersos en las mil cosas y problemas que la vida conlleva y que nosotros nos creamos pero necesitamos volver a ese lugar de descanso y sosiego que es su Presencia en lo más profundo de nosotros mismos y vivir en la confianza y en el abandono a Él.

En el encuentro con el Señor, encontramos un lugar de descanso, un lugar para dejar reposar nuestro corazón inquieto: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti” (San Agustín).

     Hoy  podemos decirle: Señor, gracias por el gran regalo de la vida. Gracias por tu Presencia en nuestra vida. Tú, Jesús, eres nuestro descanso. Sólo en Ti puede descansar nuestro corazón inquieto. Tú vienes a llenar de alegría nuestra vida. No hay mayor gozo que encontrarte a Ti, Señor de la Vida.


Benjamín García Soriano

6 de julio de 2014



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