miércoles, 12 de marzo de 2014

Comentario Segundo Domingo Cuaresma Ciclo A

"Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo". ( Mt. 17,1-9)



El Evangelio de este Domingo nos invita a escuchar a Jesús, el Hijo amado, en el que se nos revela la verdad más profunda de todo ser humano.


Comienza el texto diciendo: "que Jesús tomó consigo a Pedro a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte, a una montaña alta". Es decir, Jesús elige a los tres discípulos más representativos y que mayor resistencia oponen a su mensaje para mostrarles el estado final del ser humano: la Transfiguración. La Transfiguración es la plenitud de la vida a la que está llamada toda la humanidad: todos estamos llamados a participar en el misterio de la Transfiguración, a ser transfigurados, a llegar a una vida plena... El estadio último de la vida humana es la Transfiguración... La Transfiguración es una experiencia intensa de Dios que nos lleva a una vida en plenitud


"La montaña alta" significa el lugar del encuentro interior con Dios y de la transformación humana. “La montaña” no está fuera sino dentro de nosotros. Es un “espacio interior” donde necesitamos encontrarnos de verdad. Jesús también necesitaba, a veces, retirarse a esa montaña alta para entrar en una relación profunda con el Padre, con la Fuente de su vida y de su misión.


Todo sucede en la montaña alta (que no es un lugar sino una experiencia interior) y es ahí dentro, en lo profundo de nosotros mismos, donde renace la esperanza y encontramos las fuerzas para remontar nuestras crisis y los momentos difíciles de nuestra vida. ¿No necesitamos nosotros también retirarnos a una montaña alta? ¿No necesitamos de una profunda relación con Dios que transforme nuestra vida?.

“Su rostro resplandecía como el sol”. El rostro de Jesús resplandecía con toda la luz de Dios... La transfiguración no fue un hecho puntual en la vida de Jesús. Jesús era un “hombre transfigurado”, por su bondad, su compasión, su autenticidad, su integridad, su gran libertad y su vivencia de Dios. Nuestros cuerpos, como el cuerpo de Jesús transfigurado, están también llamados ser trasfigurados, a dejar pasar la luz. La luz de Dios tiene que pasar a través de nuestros cuerpos, a través de la expresión de nuestros rostros, a través de nuestras miradas, de nuestros gestos de acogida, de nuestras sonrisas... ¡Cuánta necesidad tenemos, también en nuestro tiempo, de salir de las tinieblas del mal para experimentar la alegría de los hijos de la luz!





La reacción de Pedro es decirle a Jesús: “Señor, qué hermoso es quedarnos aquí". Esta reacción de Pedro demuestra que no se ha enterado de nada, Pedro continúa cerrado en sus antiguas creencias y por eso propone hacer tres chozas...¡Qué fácil es caer en la tentación de Pedro! Construir chozas en un mundo soñado, fuera de la realidad, para disfrutar de privilegios egoístas.






"Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo el amado, mi predilecto, escuchadlo”. Estas palabras, dichas desde la nube, manifiestan la identidad profunda de Jesús y de todo ser humano: Jesús es el Hijo amado pero todo ser humano también es hijo amado. Estas palabras son dirigidas a cada uno de nosotros. Dios nos ama a cada uno de nosotros y nos repite en nuestro interior: tienes todo mi amor. Tú eres mi hijo amado. ¿Somos conscientes de que la verdad última que se nos revela en Jesús es que somos hijos amados? Mientras no oigamos dentro de nosotros esta voz interior que nos asegura que somos hijos amados, no podemos vivir con sentido y con una verdadera alegría.


Mientras no hagamos la experiencia interior de sentirnos verdaderamente amados, permaneceremos en una inseguridad permanente y por tanto, en la dependencia y alienación a los otros. Esta es la auténtica verdad que da consistencia a nuestra vida. ¿Qué pasa si a nadie le importo? ¿Si mi vida no interesa a nadie? Hay mucha diferencia entre ser o no ser amado. Cuando alguien nos ama, nos saca del anonimato y nos hace seres nuevos; así es Dios con cada uno de nosotros, nos hace seres nuevos, llenos de vida y de sentido.

Por eso, la verdadera experiencia que da solidez real a nuestra vida humana es la de sentirnos amados; nadie puede vivir de verdad sin la experiencia de este amor. ¿Qué va a pasar con el hombre de hoy ebrio de técnica y eficacia, pero donde Dios está ausente y que con su mirada no logra penetrar en el misterio de sí mismo ni del sentido de su vida? Cuando arrinconamos la experiencia de Dios, ¿no terminamos sin entendernos a nosotros mismos y yendo a la deriva?


El acento del Evangelio de este Domingo está en: "escuchadlo", es decir, a Jesús es al único al que hay que escuchar. Sólo a Jesús, el Hijo amado, es a quien necesitamos escuchar. Sólo El tiene palabras que nos hacen vivir. Seremos felices si le escuchamos. Necesitamos detenernos, hacer silencio y escuchar más a Jesús. Esta escucha interior nos ayuda a vivir en verdad, a saborear nuestra vida y a vivir plenamente. Escuchándole a El descubrimos nuestra fragilidad, pero también la grandeza de que somos amados.

Hoy podemos decirle: Tú, Cristo, has mostrado tu rostro radiante, lleno de luz a tus discípulos, quisiéramos confiarnos a Ti... Nuestro camino es, a veces, demasiado oscuro... pero contigo desaparece el miedo y brilla la luz de la esperanza. Incluso en la noche más oscura, Jesús es la luz que nunca se apaga.




Benjamín García. Soriano
16 de Marzo del 2014

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