viernes, 28 de junio de 2013

El odio


Pocas personas sufren tanto como aquellas quienes odian. El odio es como un vinagre espeso que va dándole su acidez a nuestras vidas, contaminando toda nuestra existencia. Es como el tinte que lanza el pulpo cuando se siente atacado y que tiñe todo a su alrededor.
Es misterioso el odio, pero es más misterioso el perdón, y, ciertamente, más difícil. Es más difícil perdonar, porque implica una cierta fortaleza, fortaleza que implica estar despojado de caretas y de paredes de contención.
El odio, tal vez, es fruto de un reconocimiento inconsciente de nuestra fragilidad, y nuestra natural huida del sufrimiento. No queremos volver a sentir ése dolor que una persona nos causó y colocamos corazas acidas para que el dolor no penetre nuestros corazones. Pero en realidad, estamos sufriendo más.
El perdón significa salir de nuestras corazas y reconocer nuestra fragilidad, darnos cuenta que el otro también se equivoca como yo. EL perdón implica que somos capaces de ser humildes, porque la humildad es reconocernos tal cual como somos.
Pero hoy ya nadie habla del perdón, el perdón se asoma como algo inexistente, como una “utopía”, como algo inalcanzable en nuestras sociedades, pero es posible. Me viene a la mente Nelson Mandela, que luego de 27 años de cárcel por luchar contra el régimen racista del Apartheid, es liberado, y una vez convertido en el principal actor político, invita al perdón de los contrarios.
Pidamos a Dios que nos conceda la posibilidad de perdonar, y perdonar-nos:

Señor Jesús,
Tú que en la cruz dijiste: “Perdónalos Padre”
Y que en el Padrenuestro nos pediste perdonar,
Danos la fuerza para hacerlo,
Nuestra fragilidad humana
Nos impide perdonar,
Reconocernos como personas,
Danos humildad,
Serenidad,
Alegría,
Elimina de nosotros el ácido del odio,
Y así, convertir nuestras vidas
En la alegría que Tú predicas, Señor.
AMEN. 

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