viernes, 28 de junio de 2013

El odio


Pocas personas sufren tanto como  quienes odian. El odio es como un vinagre espeso que va dándole acidez a nuestras vidas, contaminando toda nuestra existencia. Es como el tinte que lanza el pulpo cuando se siente atacado y que tiñe todo a su alrededor.



El mundo del odio


Sin embargo, lo más curioso es que el mundo parece poner en la palestra el odio como un valor, como algo importante. Hemos visto cómo en las películas se presenta la venganza como una actitud heróica y en la política se usan los sentimientos nacionalistas y zenófobos para promover a ciertos candidatos y ganar elecciones. 

El odio es más que un simple sentimiento, el odio es la negación del amor y también es la negación de Dios.




El odio como negocio


También observamos cómo la guerra, consecuencia directa del odio, es una industria mil millonaria en el mundo. En algunos lugares se presenta la guerra como solución a los conflictos, inclusive a conflictos futuros hablándonos de la guerra preventiva.  Hay quienes, por su sed de venganza, son capaces de invertir grandes cantidades de dinero. De la venganza sólo queda el vacío, la desolación y la muerte. La historia ya nos ha dado algunos ejemplos como la Segunda Guerra mundial, o las guerras en algunos países africanos, realmente el odio no es salida ni la guerra solución. 



El odio como guerra

Todo odio es conflicto, nace del conflicto, y el primer conflicto es el del corazón. Todo corazón inundado por el rencor, el deseo de venganza y el odio se encuentra en guerra consigo mismo. Y la guerra sólo trae tristeza, nada de felicidad. Todo corazón en guerra consigo mismo se endurece y se convierte en una piedra, una piedra dura difícil de cargar. 

El odio como carga


No puede volar un ave a quien se le ha amarrado un yunque a sus alas, y cada uno de nosotros está llamado a volar hacia Dios. La existencia cargada de odio es más difícil, es como el ajenjo que amarga, vuelve insípido lo sabroso y oscurece la luz de Dios en nosotros. 


Perdón como liberación

La misma palabra per-Don es sugerente. Per-dón viene de regalo, un don. Es dejar ir algo, es soltar, por tanto el perdón es liberarse de una carga. Todo acto de perdón es un acto de liberación, y si todo acto de odio es un acto de muerte y de guerra, el perdón es un acto de amor, de vida y de paz. 


Es misterioso el odio, pero es más misterioso el perdón, y, ciertamente, más difícil. Es difícil perdonar, porque implica una cierta fortaleza, fortaleza que implica estar despojado de caretas y de paredes de contención.

El odio, tal vez, es fruto de un reconocimiento inconsciente de nuestra fragilidad, y nuestra natural huida del sufrimiento. No queremos volver a sentir ése dolor que una persona o situación nos causó y colocamos corazas para que el dolor no penetre. Pero en realidad, estamos sufriendo más.


El perdón significa salir de nuestras corazas y reconocer nuestra fragilidad, darnos cuenta que el otro también se equivoca como yo. El perdón implica que somos capaces de ser humildes, porque la humildad es reconocernos tal cual como somos.


Hoy pocos hablan del perdón, el perdón se asoma como algo inexistente, como una “utopía”, como algo inalcanzable en nuestras sociedades, pero es posible. Me viene a la mente Nelson Mandela, que luego de 27 años de cárcel por luchar contra el régimen racista del Apartheid, es liberado, y una vez convertido en el principal actor político, invita al perdón de los contrarios.

Pidamos a Dios que nos conceda la posibilidad de perdonar, y perdonar-nos:


Oración de Perdón


Señor Jesús,
Tú que en la cruz dijiste: “Perdónalos Padre”
Y que en el Padrenuestro nos pediste perdonar,
Danos la fuerza para hacerlo,
Nuestra fragilidad humana
Nos impide perdonar,
Reconocernos como personas,
Danos humildad,
Serenidad,
Alegría,
Elimina de nosotros el ácido del odio,
Y así, convertir nuestras vidas
En la alegría que Tú predicas, Señor.
AMEN.