lunes, 24 de junio de 2013

Catequesis espacio para evangelizar la familia


Quisiera hoy contarles una experiencia que tuve hace años en San Juan de Lagunillas, Estado Mérida. En la parroquia de éste pueblo me fue encomendada la labor de acompañar la catequesis, labor que acepté con un poco de miedo porque nunca antes había estado involucrado en la labor catequética. La realidad era difícil, pues había unos 300 niños inscritos en catequesis y pocos catequistas para afrontar la formación de los chamos. Allí me conocí a Rosa, hoy una gran amiga. Rosa llevaba algunos años en la catequesis pero se sentía insatisfecha con la labor que estaba cumpliendo, porque, según ella, su talante era más misionero, carismático, quería dedicarse a recorrer todos los hogares de la parroquia para predicarles la palabra de Dios.
Yo estaba preocupado, sentía que íbamos a perder a una buena catequista quedándonos con menos de los pocos que ya teníamos, pues  en la Arquidiócesis de Mérida la catequesis se lleva a cabo siguiendo un itinerario de cuatro niveles, lo que obliga a multiplicar el número de catequistas, pues el número de jóvenes en formación también es mayor. 
Semana tras semana Rosa me decía que estaba pensando en abandonar la catequesis para dedicarse a la evangelización casa a casa, yo le decía: “Rosa, madre oportunidad tú tienes de evangelizar los hogares a través de la catequesis”, pero ella no se terminaba de convencer con mis palabras. Un día, por cosas de Dios, el párroco animado por el documento de Aparecida, que acababa de ser publicado y que fue analizado en el retiro presbiteral anual, invitó a todos los grupos de apostolado a una misión parroquial casa a casa, y en el sorteo me correspondió evangelizar con Rosa. Emprendimos nuestra caminata hacia el sector que se nos asignó, llegamos a una casa, hicimos el protocolo de entrada, nos presentamos como misioneros católicos (para la admiración de las personas), luego de un rato de conversa y de entrar en confianza Rosa le preguntó si leía la Biblia, dijo que sí, que si sabía orar, de nuevo otro sí,
Yo aprendí a orar porque mi hija está en catecismo y me enseña todo eso, ahora yo leo la Biblia con ella todos los días – respondió la señora.
Mi amiga estaba boquiabierta, y yo sinceramente también, pero en el fondo estaba satisfecho porque podía decir con propiedad: “¡Te lo dije!”, pues ella había subestimado la posibilidad evangelizadora de la familia de su apostolado.
Algunas personas que sirven en el ministerio catequético no han logrado vislumbrar la importancia de su labor, no se sienten valorados y estimados  en la actividad que realizan porque en realidad nunca se han puesto a pensar las repercusiones en la sociedad que tiene el oficio que desempeñan, más aún, cuando éste es un ministerio vital en la Iglesia, una Iglesia catequética, formativa en lo espiritual-intelectual-vivencial como un todo unitario.
Si tomamos como base una parroquia que tenga cien chamos en la catequesis, y que los mismos provienen de familias distintas, podemos decir que detrás de cien niños catequizados hay, o cien padres (por la medida chiquita) siendo evangelizados indirectamente, o cien adultos cuyo acceso se facilita por medio de los hijos, esto sin contar los hermanos.Hoy estoy convencido de que el apostolado más misionero (sin menospreciar los demás a los que respeto y quiero) es el catequético, ¿Qué otro grupo de apostolado tiene la posibilidad de evangelizar semana tras semana a un miembro de la familia de cien hogares distintos?, este ministerio de la catequesis puede ser comparado a que visites las mismas casas semana tras semana, y que aunque te reciba en la sala la misma persona (en este caso el niño), la madre esté en la cocina escuchando lo que dices mientras hace café.

@joseluistoro

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