martes, 6 de noviembre de 2012

RITO DEL ACOLITADO



BENDICIÓN DE LOS CANDIDATO
Monitor: Mediante el ministerio del Acolitado los elegidos, podrán ejercer públicamente en nombre de la Iglesia el servicio de ministros especiales de la Santa Eucaristía, mediante la cual se edifica y crece el pueblo de Dios. Tienen la misión de ser colaboradores de los presbíteros y diáconos en su ministerio y distribuir, como ministros, la sagrada comunión a los fieles, incluyendo los enfermos. Por tal motivo, deben vivir de continuo más íntimamente unidos y más perfectamente identificados con la Eucaristía.
En este momento oremos junto con el Señor Obispo para pedir por este hermano nuestro que ha sido elegido para el ministerio del Acolitado.
Todos se levantan; el Arzobispo sin mitra, invita a los fieles a orar, diciendo:
Hermanos, roguemos a Dios todopoderoso, para que se digne colmar con su bendición a quienes eligió para el Ministerio del Acolitado y les dé fuerzas para servir siempre con fidelidad a su Iglesia.
(Bendición de los candidatos al Ministerio del Acolitado)
Padre clementísimo, que por medio de tu Hijo único encomendaste a tu Iglesia el Pan de Vida, dígnate bendecir a este hermano nuestro, elegido para el ministerio de acólito; para que, participando con frecuencia de la Eucaristía, distribuya con fidelidad el Pan de Vida a los fieles, y crezcan constantemente en la fe y en el amor, para edificación de tu Iglesia.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R: / Amén.




ENTREGA DEL CÁLIZ
Monitor: En este momento el nuevo acólito se acerca al Señor Obispo, quien le entregará el cáliz con el vino que se ha de consagrar, para que pueda servir dignamente la mesa del Señor y de la Iglesia.
Obispo:
Recibe el vino,
para la celebración de la Eucaristía,
y vive de tal manera
que puedas servir dignamente
a la mesa del Señor y de la Iglesia.
El Acólito responde:
Amén.



PROFESIÓN DE FE:
Creo en Dios, Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.
R: / Amén.
ORACIÓN DE LOS FIELES
(Los aspirante al lectorado y acolitado se arrodillan ante el Arzobispo) Luego, todos los demás se levantan; el Arzobispo, sin mitra, invita a los fieles a orar, diciendo:
Pidamos, queridos hermanos, a Dios nuestro Señor, que se digne bendecir a estos hijos suyos instituido para el servicio de la Iglesia, y respondemos:
R: / Ilumínanos Señor.
Diácono:
            Para que la Santa Iglesia de Dios, fiel reflejo del amor del Padre, que envió a su Hijo Jesucristo para salvación del mundo, se sienta también enviada a anunciar a todos los hombres el Evangelio de la salvación. OREMOS.
R: / Ilumínanos Señor
            Para que la semilla de la Palabra de Dios crezca en todos los Pueblos y sean bendecidos todos los trabajos pastorales de proclamación de la Verdad y de la Fe, especialmente lo que nos pide la Iglesia a través de la Misión Continental. OREMOS
R: / Ilumínanos Señor
            Por estos hermanos nuestros que han sido instituidos como Ministros de la Palabra y de la Eucaristía, para que el Señor los bendiga, ponga fuego en sus palabras y los llene con los dones de su Espíritu. OREMOS.
R: / Ilumínanos Señor
            Para que cómo ministros de la Iglesia, puedan a través de la Palabra, confirmar a sus hermanos en la fe, y que con su ejemplo acrecienten el amor a la Eucaristía. OREMOS.
R: / Ilumínanos Señor
            Por las hermanas Siervas de Jesús, que hacen vida en nuestra casa, para que el Señor les siga bendiciendo su servicio y haga de ellas religiosas santas. OREMOS.
R: / Ilumínanos Señor
            Por todos nosotros para que como luz del mundo y sal de la tierra, nación santa y pueblo sacerdotal, anunciemos con buenas obras el Reino de Dios. OREMOS.
R: / Ilumínanos Señor
Luego, el Arzobispo concluye la siguiente oración sobre los admitidos:
Escucha, Padre celestial, las oraciones de tu Iglesia: da tu fuerza a este hijo tuyo instituido como Ministro extraordinario; llénalo de tu amor para que siembre tu Palabra en la alegría, con voluntad firme la obedezca, y tengan un deseo ardiente de manifestar tu nombre para que así todos los pueblos lleguen al conocimiento de la verdad.
            Por Jesucristo nuestro Señor.
R: / Amén.
La celebración sigue como de costumbre

LITURGIA DE LA EUCARISTÍA
Acabada la Liturgia de la Palabra, los ministros colocan en el altar el corporal, el purificador, el cáliz y el misal; mientras tanto puede ejecutarse un canto adecuado.
El Arzobispo se acerca al altar, toma la patena con el pan y, manteniéndola un poco elevada sobre el altar, dice en secreto:
Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida.
Después deja la patena con el pan sobre el corporal. Si no se canta durante la presentación de las ofrendas, el sacerdote puede decir en voz alta estas palabras; al final el pueblo puede aclamar:
Bendito seas por siempre, Señor.
El diácono, o el sacerdote,  hecha vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto:
El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana.
Después el Arzobispo toma el cáliz y, manteniéndolo un poco elevado sobre el altar, dice en secreto:
Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación.
Después deja el cáliz sobre el corporal. Si no se canta durante la presentación de las ofrendas, el Arzobispo puede decir en voz alta estas palabras; al final el pueblo puede aclamar:
Bendito seas por siempre, Señor.
A continuación, el Arzobispo, inclinado, dice en secreto:
Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro.
Y, si se juzga oportuno, inciensa las ofrendas y el altar. A continuación el diácono o un ministro inciensan al Arzobispo y al pueblo. Luego el Arzobispo, de pie a un lado del altar, se lava las manos, diciendo en secreto:
Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado.
Después, de pie en el centro del altar y de cara al pueblo, extendiendo y juntando las manos, dice la siguiente fórmula:
En el momento de ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia, oremos a Dios, Padre todopoderoso.
El pueblo responde:
El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Que te sea grato, Señor, el sacrificio que vamos a ofrecerte en la fiesta de san Buenaventura, cuyas enseñanzas y ejemplo nos mueven a alabarte con todo nuestro ser. Por Jesucristo nuestro Señor.
R: / Amén.
                                           






PREFACIO DE LOS SANTOS II

Acción de los santos en la Iglesia.

V.   El Señor esté con vosotros. R. Y con tu espíritu.
V.   Levantemos el corazón. R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V.   Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R. Es justo y necesario.
                   
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo nuestro Señor.
Porque con la vida de tus santos,
enriqueces a tu Iglesia
con formas siempre nuevas de admirable santidad,
y nos das pruebas indudables
de tu amor por nosotros;
y también,
porque su ejemplo nos impulsa
y su intercesión nos ayuda
a colaborar en el misterio de la salvación.
Por eso, ahora nosotros,
llenos de alegría,
te aclamamos con los ángeles y santos, diciendo:

Todos aclaman:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
PLEGARIA EUCARÍSTICA III
El obispo, con las manos extendidas, dice:
s


anto eres en verdad, Padre,
y con razón te alaban todas tus criaturas,
ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro,
con la fuerza del Espíritu Santo,
das vida y santificas todo,
y congregas a tu pueblo sin cesar,
para que ofrezca en tu honor
un sacrificio sin mancha
desde donde sale el sol hasta el ocaso.

Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice

CC

Por eso, Padre, te suplicamos
que santifiques por el mismo Espíritu
estos dones que hemos separado para ti,

Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:

de manera que se conviertan
 en el Cuerpo y X la Sangre de Jesucristo,
Hijo tuyo y Señor nuestro,

Junta las manos.

que nos mandó celebrar estos misterios.

En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor han de pronunciarse con clari­dad, como lo requiere la naturaleza de éstas.

Porque él mismo,
la noche en que iba a ser entregado,

Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue
tomó pan,
y dando gracias te bendijo,
lo partió
y lo dio a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco.

“Tomen y coman todos de él,
porque esto es mi Cuerpo,
que será entregado por ustedes”.

Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora haciendo genuflexión.
Después prosigue.

Del mismo modo, acabada la cena,

Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:

tomó el cáliz,
dando gracias te bendijo,
y lo pasó a sus discípulos, diciendo

Se inclina un poco.

“Tomen y beban todos de él,
porque éste es el cáliz de mi Sangre,
Sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada
 por ustedes y por muchos
para el perdón de los pecados.

Hagan esto en conmemoración mía”.

Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora haciendo genuflexión.
Luego dice una de las siguientes fórmulas:


CP  Éste es el Sacramento de nuestra fe.

Y el pueblo prosigue, aclamando:

Anunciamos tu muerte,
proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!

Después el obispo, con las manos extendidas, dice:

CC  Así, pues, Padre,
al celebrar ahora el memorial
de la pasión salvadora de tu Hijo,
de su admirable resurrección y ascensión al cielo,
mientras esperamos su venida gloriosa,
te ofrecemos, en esta acción de gracias,
el sacrificio vivo y santo.

Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia,
y reconoce en ella la Víctima
por cuya inmolación
quisiste devolvernos tu amistad,
para que, fortalecidos
con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo
y llenos de su Espíritu Santo,
formemos en Cristo
un solo cuerpo y un solo espíritu.

C1
Que él nos transforme en ofrenda permanente,
para que gocemos de tu heredad
junto con tus elegidos:
con María, la Virgen Madre de Dios
los apóstoles y los mártires,
san Buenaventura,
san Juan María Vianney, 
y todos los santos,
por cuya intercesión
 confiamos obtener siempre tu ayuda.

C2
Te pedimos, Padre,
que esta Víctima de reconciliación
traiga la paz y la salvación al mundo entero.
Confirma en la fe y en la caridad
a tu Iglesia, peregrina en la tierra:
a tu servidor, el Papa Benedicto XVI,
a nuestro Obispo Baltazar Enrique Porras,
a su Obispo Auxiliar Luis Alfonso Márquez,

El Obispo, cuando celebra en su diócesis, dice:
a mí, indigno siervo tuyo,
Cuando celebra un Obispo que no es el Ordinario, dice:
a mi hermano N., Obispo de esta iglesia de N.,
a mi, indigno siervo tuyo,

al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos,
y a todo el pueblo redimido por ti.

Atiende los deseos y súplicas de esta familia
que has congregado en tu presencia.

Reúne en torno a ti, Padre misericordioso,
a todos tus hijos dispersos por el mundo.

C3
X A nuestros   hermanos difuntos
y a cuantos murieron en tu amistad
recíbelos en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria,

Junta las manos.
por Cristo, Señor nuestro,
por quien concedes al mundo todos los bienes.

Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz y, sosteniéndolos elevados, dice:
P

or Cristo, con él y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.

El pueblo aclama:

Amén.

Después sigue el rito de la comunión.

Rito de la comunión

Una vez que ha dejado el cáliz y la patena, el obispo, con las manos juntas. Dice:

Llenos de alegría por ser hijos de Dios,
Digamos confiadamente
La oración que Cristo nos enseñó:

Extiende las manos y, junto con el pueblo, continúa:


P
adre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.


El obispo, con las manos extendidas, prosigue él solo:

Líbranos de todos los males. Señor,
y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo.

Junta las manos.

El pueblo concluye la oración, aclamando:

Tuyo es el reino,
 tuyo el poder y la gloria, por siempre. Señor.

Después el obispo, con las manos extendidas, dice en voz alta:

Señor Jesucristo,
que dijiste a tus apóstoles:
"La paz les dejo, mi paz les doy",
no tengas en cuenta nuestros pecados,
sino la fe de tu Iglesia
y, conforme a tu palabra,
concédele la paz y la unidad.

Junta las manos.

Tú que vives y reinas
por los siglos de los siglos.

El pueblo responde:

Amén.

El obispo, extendiendo y juntando las manos, añade:

La paz del Señor esté siempre con ustedes.

El pueblo responde:

Y con tu espíritu.

Luego, si se juzga oportuno, el diácono añade:

Dense fraternalmente la paz.

Y todos, según la costumbre del lugar, se dan la paz. El sacerdote da la paz al diácono o al ministro.

Después toma el pan consagrado, lo parte sobre la patena, y deja caer una parte del mismo en el cáliz, diciendo en secreto:

El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo,
unidos en este cáliz,
sean para nosotros
alimento de vida eterna.

Mientras tanto se canta o se dice:

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
danos la paz.
A continuación el sacerdote, con las manos juntas, dice en secreto:
Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo,
que por voluntad del Padre,
cooperando el Espíritu Santo,
diste con tu muerte la vida al mundo,
líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre,
de todas mis culpas y de todo mal.
Concédeme cumplir siempre tus mandamientos
y jamás permitas que me separe de ti.

O bien:
Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre
no sea para mí un motivo de juicio y condenación,
sino que, por tu piedad,
me aproveche para defensa de alma y cuerpo
y como remedio saludable.

El sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco eleva­do sobre la patena, lo muestra al pueblo, diciendo:

Éste es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo.
Dichosos los invitados a la cena del Señor.

Y, juntamente con el pueblo, añade:

Señor, no soy digno
de que entres en mi casa,
pero una palabra tuya
bastará para sanarme.

El sacerdote dice en secreto:
El Cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna.
Y comulga reverentemente el Cuerpo de Cristo.

Después toma el cáliz y dice en secreto:
La Sangre de Cristo me guarde para la vida eterna.
Y bebe reverentemente la Sangre de Cristo.

Después toma la patena o la píxide, se acerca a los que quieren comulgar y les presenta el pan consagrado, que sostiene un poco elevado, diciendo a cada uno de ellos:

El Cuerpo de Cristo.

El que va a comulgar responde:
Amén.
Y comulga.


Oración después de la comunión

Después el sacerdote puede ir a la sede. Si se juzga oportuno, se pueden guardar unos momentos de silencio o cantar un salmo o cántico de alabanza.

Luego, de pie en la sede o en el altar, el sacerdote dice:

Oremos

Y todos, junto con el sacerdote, oran en silencio durante unos momentos, a no ser que este silencio ya se haya hecho antes.

A quienes nos has alimentado con el Cuerpo de Cristo, ilumínanos, Señor, con sus enseñanzas, para que en la festividad de san Buenaventura, aprendamos tu verdad e imitemos tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor.
El pueblo aclama:
R: / Amén.
BENDICIÓN SOLEMNE
Después tiene lugar la despedida. El Arzobispo extiende las manos hacia el pueblo y dice:
El Señor esté con vosotros.
R/ Y con tu espíritu.
El Arzobispo bendice al pueblo, diciendo:
Que Dios todopoderoso
aleje de ustedes toda adversidad
y les conceda la abundancia de sus bendiciones.
R: / Amén.
Que Él les dé un corazón tan dócil a su Palabra,  que encuentren su gozo en los dones eternos.
R: / Amén.
Para que enriquecidos por los dones de la fe, la esperanza y la caridad
abunden en esta vida en buenas obras
y alcancen sus frutos en la eterna.
R: / Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros.
R: / Amén.
El Diácono dice:
Glorifiquen al Señor con sus vidas. Pueden ir en paz.
La Asamblea responde:
Demos gracias a Dios.