viernes, 26 de octubre de 2012

La oración de Anthony


He pasado los quince últimos años de mi vida dando retiros y dirigiendo espiritualmente a las personas para que avanzaran en la práctica de la oración. Cientos de veces he tenido que escuchar quejas de quienes afirmaban no saber cómo hacer oración. Me repetían que, a pesar de todos sus esfuerzos, parecían no progresar en la oración; que les resultaba tediosa y desalentadora. Oigo muchos directores espirituales que se sienten totalmente desarmados cuando tienen que enseñar a orar o, para decirlo con mayor exactitud, cuando se trata de conseguir satisfacción y plenitud en la ración.
            Todas estas manifestaciones me producen sorpresa, ya que para mí ha sido relativamente fácil ayudar a la gente a hacer oración. Y no pienso que se deba únicamente a un carisma personal que pueda yo poseer. Se deb, más bien, a algunas teorías prácticas muy sencillas que pongo en práctica en mi vida personal de oración y cuando guío a otros en este campo. Una de las teorías consiste en que la oración es un ejercicio confiere plenitud y satisfacción y que es perfectamente legítimo buscar ambas coss en la oración. Otra es que la oración debe hacerse menos con la cabeza que con el corazón. De hecho, cuanto antes se prescinda de la cabeza y del raciocinio, tanto más jugosa y provechosa será la oración. Muchos sacerdotes y religiosos equiparan oración y raciocinio. Aquí radica su fracaso.
            En cierta ocasión me contó un amigo jesuita que había recorrido a un gurú hindú para iniciarse en el arte de orar. El gurú le dijo: Concéntrese en su respiración. Mi amigo lo intentó durante cinco minutos. Después le dijo el gurú: El aire que usted respira es Dios. Usted está respirando y expirando a Dios. Convénzase de ello y manténgase en este convencimiento.
            Mi amigo hizo algunos esfuerzos mentales para encajar teológicamente estas afirmaciones: Después siguió las instrucciones durante horas, día tras día, y descubrió, para sorpresa suya, que orar puede ser tan sencillo como respirar. Además descubrió en este ejercicio una profundidad y satisfacción y un alimento espiritual que jamás había encontrado anteriormente en las innumerables horas que había dedicado a la oración durante muchos años.
            Ejercicio Nº 1: La riqueza del silencio
            “el silencio es la gran revelación”, dijo Lao-Tse. Estamos acostumbrados a considerar la Escritura como revelación de Dios. Y así es. Con todo, quisiera que, en este momento descubrierais la revelación que aporta el silencio. Para recibir la revelación de la Escritura tenéis que aproximaros a ella; para captar la revelación del Silencio. Debéis primero lograr silencio. Y ésta no es tarea sencilla, vamos a intentarlo con este primer ejercicio.
Que cada uno de vosotros busque una postura cómoda.
       Cerrad los ojos.
       Voy a invitaros a guardar silencio durante diez minutos. Intentarés, en primer lugar, hacer silencio, el silencio más total, tanto de corazón como de mente. Cuando lo hayas conseguido, quedarás abierto a la revelación que trae consigo el silencio.
       Al final de los diez minutos los invitaré a que abras los ojos y que compartas con el resto, si así lo deseas, lo que haz hecho y experimentado en este tiempo.
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       Para compartir con el resto lo que habéis hecho y lo que os ha ocurrido, que cada uno cuente los intentos que hizo para lograr el silencio y en qué medida lo ha conseguido. Que describa ese silencio, si es capaz. Que cuente algo de lo que ha pensado y sentido durante este ejercicio.
       Las experiencias de la gente que se somete a este ejercicio son infinitamente variadas. Muchos descubren, para sorpresa suya, que el silencio es algo a lo que no están acostumbrados en lo absoluto. Hagan lo que hagan, con incapaces de detener el constante vagar de su mente y de acallar el alboroto emocional que sienten dentro de su corazón. Otros en cambio, se sienten cercanos a las fronteras del silencio. En ese momento sienten pánico y huyen. EL silencio puede ser una experiencia aterradora.
Con todo, no existe motivo para desanimarse. Incluso esos pensamientos alocados pueden ser una relación. ¿No es una revelación sobre ti mismo el hecho que tus pensamientos divaguen? Pero no basta con saberlo. Debes detenerte y experimentar ese vagabundeo. El tipo de dispersión en que tu mente se sumerge, ¿no es acaso revelador?
       En este proceso hay algo que puede animarte: El hecho de que hayas podido ser consciente de tu dispersión mental, tu agitación interior o tu incapacidad de lograr el silencio, demuestra que tienes dentro de ti al menos un pequeño grado de silencio, el grado de silencio suficiente para caer en cuenta de esto. (Anthony de Mello, Sidhana, un camino de oración, Ed. Sal Terrae, 8va ed. 1985). 

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